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La primera vez que vi a Pilar Boliver fue en la obra Calígula probablemente, en 1995. En una escena, alguien le ofrecía mariguana y ella la rechazaba diciendo: “No gracias. Me da paranoia y me persigue la PGR”.
No es una línea tan chistosa, pero ella la dijo de tal modo que, a la fecha, la uso cada vez que alguien me ofrece sustancias ilegales o me pregunta si me gustan. La segunda vez que vi a Pilar fue en una fiesta que estaba muy aburrida… hasta que llegó ella. Se puso a hacer bromas a las costillas de todos los invitados, hasta que todo mundo acabó en una risa histérica. Ahora, la Boliver protagoniza una obra para una sola actriz llamada La rubia, la trigüeña y la pelirroja vengadora. Las reseñas han sido muy halagadoras hacia ella, lo cual no me sorprende; lo que sí me resulta increíble es que haya pasado tanto tiempo para que esta comediante genial llegara al lugar que se merece. La rubia… es una obra escrita para el lucimiento de una virtuosa, capaz de interpretar cerca de una decena de personajes ella sola. Casi todos los personajes son mujeres, pero también hay un hombre (idéntico a Benito Castro) y un niño.
Todo gira en torno a la venganza de la pelirroja del título. Ella hace algo que no revelaré. Luego, cada personaje va dándole información al espectador hasta que el rompecabezas queda completo. La cumbre de este tipo de estructura dramática es la película Rashomon, de Akira Kurosawa, en la que un solo acontecimiento tiene significados radicalmente distintos para cada uno de los personajes. El texto de La rubia…, escrito por un tal Robert Hewett, está muy lejos de ser Rashomon. De hecho, tiene la profundidad de un chapoteadero. Además es un material profundamente clasista. Los personajes pobres son malos o son imbéciles. Y en el mejor de los casos, son como animalitos a los que hay que domesticar. En cambio, los ricos son de mente abierta y muy generosos: una doctora, llamada Alex Massé, está a un paso de la santidad, y su hijastra (un personaje fundamental, aunque nunca la veamos) es una mezcla entre Juana de Arco y Santa Teresa de Calcutta. Pero el discurso clasista no impide que un espectáculo sea bueno. El ejemplo máximo de esto es El nacimiento de una nación, obra maestra del racista D.W. Griffith. Robert Hewett, el autor de La rubia…, no es Griffith, ni en lo bueno, ni en lo malo. En cambio, Pilar Boliver sí es una comediante de clase mundial, que trasciende el texto y una dirección correcta, pero sin inspiración, para lograr un espectáculo que, en sus manos y sólo en sus manos, es una delicia. Por Sergio Zurita *Contacta al autor: www.sergiozurita.com |
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