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Deborah Silberer y su FolÃa por el cine |
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Escrito por Enrique R. Mirabal
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martes, 25 de marzo de 2008 |
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A finales del siglo xix, nace el cine. El nuevo entretenimiento demandó la participación de música en vivo. Así surgió el oficio de pianista acompañante, que con capacidad de improvisación musical ante los estímulos visuales debía transmitir emociones como soporte dramático de lo que acontecía en la muda pantalla. Con la llegada del cine sonoro, los pianistas acompañantes parecían destinados a desaparecer; pero la perseverancia de algunos músicos ha hecho posible el rescate de una tradición y su puesta al día, no sólo para nostálgicos empedernidos sino también para los que nacieron con un iPod prendido del pulgar.
 Deborah Silberer, artista depositaria de este legado (su abuelo Eugen Silberer tocó en los cinematógrafos bucarestinos de entre guerras), se ha empeñado en revivir un género que, si bien en Europa permanece activo en cinematecas como la de Bruselas, en México languidecía al borde de la extinción. Cofundadora del Cinematógrafo Imperial Folía Lumière –institución privada mexicana dedicada al rescate y difusión del cine mudo– la pianista y compositora ha sentado sus reales en festivales de cine (como el de Morelia, por citar uno) y en ciclos cinematográficos organizados por la Cineteca Nacional y la Filmoteca de la UNAM. Funciones especiales a manera de cine-concierto, dedicadas a clásicos de René Clair y Lamorisse en el Teatro de la Ciudad o la pasada entrega de los Arieles en el Palacio de Bellas Artes, son algunas de las incursiones más recientes de Deborah que no han pasado inadvertidas ni para cinéfilos ni para melómanos. Para Deborah Silberer, el acompañamiento al piano no es un ejercicio rutinario, ensayado o previsible, el savoir-faire de la artista marca una impronta en sus interpretaciones que las hace siempre diferentes e irrepetibles, compenetrada en cuerpo y alma a la película que musicaliza. Ella improvisa, crea, combina partituras de varia procedencia, juega con las notas (como hiciera Liszt al piano en sus paráfrasis de fragmentos operáticos) y nos asombra por el exacto embone de las peripecias de la trama y la urdimbre de la música que compone al instante, al calor de la inspiración que le suscita el argumento o las actuaciones o la luz y los encuadres de una película con tintes expresionistas o simbolistas. Ésa es la gran diferencia entre lo artístico y lo artesanal. Es justo remarcar el arsenal técnico y la digitación virtuosa de la pianista, que convierte la proyección de un hito de la cinematografía en un concierto de altos vuelos (nada que ver con la tan llevada y traída multimedia o con DJ haciéndola de Bernard Herrmann). En fecha próxima, Deborah Silberer estará en el Teatro de la Ciudad con un proyecto dramático que integra marionetas, actores y en el que la música en vivo será parte esencial del espectáculo. |