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En 1974, Ingmar Bergman hizo una película sin banda sonora llamada Escenas de un matrimonio. Señalo la ausencia musical de aquella obra maestra porque en su segunda parte, Saraband, la música es fundamental.
Saraband retoma a los dos personajes principales de Escenas de un matrimonio, Johan y Marianne, que se divorciaron hace más de veinte años y ahora se reencuentran por iniciativa de ella. ¿A qué has venido?”, le pregunta Johan. Y Marianne le responde la verdad: no sabe. Cuando lo descubre, en la última frase de la historia, la tierra tiembla bajo los pies del espectador
Hace años, el propio Bergman adaptó Escenas de un matrimonio a teatro, reduciéndola a dos personajes. Hay un libro que contiene ese texto, además de sus adaptaciones de La señorita Julia de Strindberg y Casa de muñecas de Ibsen. En el prólogo, Bergman dice que esas obras son “de ganadores y perdedores”; que en Escenas de un matrimonio “Marianne es la ganadora y Johan el perdedor”. Pero ella parece no haber quedado satisfecha con ese triunfo. Ahora, Saraband llega convertida en teatro a El Granero bajo la dirección de Ignacio Ortiz, quien además de ser el mejor cineasta de su generación (mejor que Carrera, González Iñárritu, los Cuarón y Del Toro) es un espléndido director de escena. Y lo es porque aprendió de los mejores. Fue asistente de Ludwik Margules en el legendario montaje de De la vida de las marionetas, del propio Bergman, a principios de los años 80. Y parece haber absorbido todo el rigor de Margules, forjándose, además, un genio propio. Su versión de Saraband es mejor que la película. Me sorprenden más Sergio de Bustamante y la gran Laura Almela en El Granero que los mismísimos Erland Josephson y Liv Ullman en mi DVD. Los otros dos actores son el estupendo Alejandro Calva y una joven llamada Adriana Segura, que le hace honor a su apellido: su aplomo natural la hace perfecta para simbolizar la esperanza en la obra. Es la música que no tenía la primera parte. La generosidad y la intuición de Laura Almela son algo fuera de serie. Y Calva no le teme a la antipatía de su personaje: toma el riesgo de abrazarlo como es. Da gusto ver a Sergio de Bustamante en teatro luego de años de ausencia, porque es uno de los mejores actores del mundo. Hay una escena en la que a su Johan le da un ataque de pánico: en la función a la que asistí, por un momento dejó de ser él y en su cara vi la de Ingmar Bergman. En serio. En esta Saraband, Bergman no ha muerto; está vivito y coleando en su casa de Farö, desnudando al ser humano hasta dejarlo en pura alma. Por: Sergio Zurita
*Contacta al autor: www.sergiozurita.com |
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