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Se hablan maravillas del dramaturgo y director argentino Daniel Veronese; sobre todo de un montaje de Tío Vania, de Chéjov, que no vi.
Actualmente está en cartelera, en El Galeón, el primer trabajo de Veronese con actores mexicanos. Se trata de un texto suyo llamado Mujeres soñaron caballos. Hermoso título. Y la obra también lo es. Habla de tres hermanos y sus mujeres, y la dinámica enfermiza en que están atrapados. Todo ocurre una tarde en que las tres parejas se reúnen para cenar en el departamento de una de ellas. Si la obra antes de que se estrenara, en un squash que usaban para ensayar. Había un sillón verdoso, dos paredes blancuzcas, la mesa más fea del mundo y unas sillas a punto de quebrarse. “Lástima”, pensé al terminar de ver el ensayo, “ésta debería ser la escenografía”. Se los comenté a los actores y me dijeron que no me preocupara, que ésa era la escenografía. Perfecto. La obra dura dos horas en el reloj del espectador y también en la ficción. No hay saltos de tiempo. Tampoco hay cambios de espacio. Y la escenografía feísima le da aún más realismo al asunto. Podríamos decir que Mujeres soñaron caballos es una obra hiperrealista. No creo que haya un cerebro capaz de registrar que la violencia física verbal que está sobre el escenario es una representación y no un trozo de vida cortado a machetazos.
Sólo hay algo que delata que lo que está sucediendo no es “real”: el lenguaje. En una situación cotidiana, nadie habla tan poéticamente como en Mujeres soñaron caballos. Para lograr el hiperrealismo con diálogos tan finamente bordados, se necesitan grandes actores. Y en Mujeres soñaron caballos hay seis. Primero las damas. Rosa María Bianchi logra su mejor trabajo en años; su personaje es conmovedor y repelente, a veces en una misma frase. La joven Ana Zavala es todo un hallazgo. Y Sophie Alexander-Katz es la mejor actriz de su generación. En cuanto a los caballeros, Arturo Ríos no le tiene miedo a nada: jamás vi al gran actor que es, sólo al tipo pusilánime que representa. Con esta obra, Antonio Vega lleva cuatro actuaciones memorables al hilo. Y Arturo Barba tiene gran presencia y aplomo. Sólo hay algo que no me gusta de esta obra. En una de sus últimas frases, uno de los personajes dice, respecto a un crimen siniestro, que “hay un nuevo tipo de violencia”. Falso. Es la misma violencia desde los griegos hasta ahora. Por lo demás, el trabajo de Daniel Veronese sí amerita el gran prestigio que tiene. Por: Sergio Zurita
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